jueves, 5 de febrero de 2015

Me gustan los monstruos.

Me gustan así. Las bestias terroríficas que se camuflajean entre la maleza. Los animales nocturnos con tersa piel sabor a limón y cabello azabache con carbón.
Me gusta la manera en la que su cuerpo se alarga hasta las puntas de sus dedos y tocan con afinidad su nariz. Me gusta cuando me asustan, me dejan ver su juventud sedienta y gozosa de cognición y rebeldía. Rebeldes al mundo, a la sociedad. Al amor. A mí.
Me gustan cuando ríen apresuradamente y desmenuzan en la delgadez de sus orejas mi chillonas palabras para responderlas con sinfonías desde su garganta.
Me gustan locos y deschavetados. Ciegos a la materia. Que existan en pensamiento, en idea, en ser.
Me gustan los monstruos que conocen la ironía, el sarcasmo. Me gustan los de delgadez infinita y calidez latente. Me gustan los fachosos y desarreglados; despeinados y desmesurados. Los desequilibrados.
Los que tengan prioridades más importantes que su aspecto. Mee gustan atractivamente divertidos. Me gustan escultores de momentos, constructores de aviones de papel. Me gustan los irrealistas, los puntillistas, los barroquistas.
Me gustan como para tirarme a oír "Jupiter Crash" en una habitación oscura y alucinar entre el bajo y el humo sensaciones al tacto. Me gustan como para no dormir hablando o como para hablar dormida.
Alguien como para divagar, como para inhalar hasta llenar los pulmones y romper la barrera de lo imposible. Como para respirar despacito. Para encontrar la cresta del cielo y hallar arcoíris en los focos del camión.
Me gustan únicos, como para besarles los defectos. Me gustan como para enseñarle a escribir poemas si él me enseña a viajar novelas.
Me gustan los monstruos de verdad, los males de todo cuento. Los que tienen una dieta rigurosa de príncipes y polvo de hagas. Que devore finales felices y desgarre vestidos de gala. Los villanos satíricos, sencillos tejedoras de sonrisas.
Pero, independientemente de todos estos puntos innecesarios y fetichistas de mi parte... Estoy ansiosa, deseosa, anhelante de un alguien que sepa nadar entre sopas de letras. Que vuele mientras baile aunque me pise los zapatos en el aire. De uno que grite, que calle. Un monstruo libre. Por que no hay nada más bello y sublime que un hombre (o un monstruo) que sabe vivir.

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